Un país llamado Nini

Un país llamado Nini

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Escrito por: Maria Dalmau Cornadó
Colegio: Escola Martí Poch (L’Espluga de Francolí, Tarragona)

En el país de los ninis, ni se reciclaba, ni se limpiaba ni se ordenaba. Así de claro y contundente. Sus habitantes se parecían mucho a los de cualquier otro país; sin embargo, eran de una dejadez extrema. No tenían malicia; lo que eran era vagos, pero VAGOS, VAGOS…

No recogían la basura, no ordenaban sus cosas, y además, no encontraban mal alguno en que todo estuviera tan, pero que tan sucio y patas arriba. Y es que en el país de los ninis, el no hacer era el rey. Y sin embargo eran felices. Paseaban entre montones de basura apestosa que todos tiraban por doquier, y no les parecía extraño que todo, pero todo, lo que se dice todo, estuviera tremendamente sucio.

No tenían maldad, los ninis, eran buena gente, pero vivían inmersos en la más insufrible suciedad. Su país apestaba; el aire olía avinagrado; para un extranjero, ese era un hedor insoportable, pero ellos estaban tan  habituados, que no  podían discriminarlo; al fin y al cabo no habían olido en su vida nada mejor.

Pero un día, los habitantes de Nini empezaron a encontrarse mal.  Sus rostros se volvieron azules; así, sin más: de un azul verdoso; nadie entendía cuál era el motivo.

Los niños fueron los primeros en enfermar. Tenían fiebre y a penas podían moverse. Los padres, preocupados, anduvieron de aquí para allá en busca de solución. Los médicos no acertaban a establecer ningún diagnóstico. Probaron multitud de dietas, todo tipo de medicamentos…, pero por más que insistieron, no obtuvieron ningún resultado efectivo.

Nini se estaba convirtiendo  un país de gente azul. La epidemia era un azote. Los ninis, que aunque sucios, eran buena gente, ya no mostraban la alegría usual en sus rostros, sino la más profunda preocupación.

El país estaba consternado. Las autoridades, dado que no hallaban forma alguna de solucionar el problema, acordaron enviar un emisario al país vecino. El emisario llamaba Selfrus, y, por el momento, no padecía la enfermedad. Selfrus siempre había sido un hombre afable y abierto, y además,  se le daban bien los idiomas, y, por ambas cosas, se había convertido en representante ideal de Nini en el extranjero.

A Selfrus le acompañó un pequeño séquito de cuatro personas para que el viaje no resultase muy pesado.

El país al que acudieron era Wolfi; se trataba de un lugar que  tenía poco en común con Nini: sus calles eran limpias, todo estaba ordenado,  y el aire daba gusto de respirar.

Al llegar a Wolfi, los ninis no daban crédito: ¿Cómo podía estar todo tan pulcro? Decidieron observar cómo era el día a día de los habitantes de Wolfi, es decir, de los woolfs.

En realidad, lo que acontecía un día normal en Wolfi no era muy distinto al de Nini: los niños iban a la escuela, los empleados a su trabajo, los ancianos paseaban…, en fin, la misma rutina de Nini, o de cualquier otro lugar parecido.

Pero algo les llamó la atención: en las calles de Selfrus había unas cajas de colores. Los woolfs acudían a ellas y tiraban objetos en sus bocas. Todos. Por la mañana al salir de casa, o por la tarde, y hasta por la noche: siempre había algún habitante de Wolfi cerca de las cajas. Los colores de las mismas eran: azul,  amarillo,  verde,  marrón  y  gris. Siempre los mismos.  Decidieron preguntar para qué servían a fin de satisfacer su curiosidad.

Era una mañana fría de invierno. Por la calle se veía mucha gente yendo y viniendo: pronto sería la hora de la entrada a los colegios.

Un abuelo iba con sus dos nietos cogidos de la mano;  cada uno llevaba una bolsa: echaron el interior de una en la caja azul y en la verde el de la otra. Al entrar lo que fuera en la verde se oyó un estruendo de cristal.

Selfrus, movido por la  curiosidad, se dirigió al abuelo y le preguntó, amablemente como solía,  y en la lengua wolferiana:

-Perdone, señor: ¿Qué es lo que meten los woolfs en esas cajas? ¿Por qué andan siempre tirando algo en ellas?

-Hombre, pues qué vamos a hacer: ¡Reciclar!

-¿Re-ci-clar? Repitió extrañado Selfrus. ¿Y esto, en qué consiste?

El abuelo, que tenía muchas ganas de hablar, pero poco tiempo, contestó:

-¡Vaya pregunta! ¿De qué país venís?

-De Nini  – dijo Selfrus.

-Bueno, es un poco largo de contar… Si no tenéis prisa, voy a llevar a mis nietos a la escuela y os lo explico-  propuso el abuelo Rulf, que es como se llamaba el amable señor-.

– De acuerdo, muchas gracias- dijeron Selfrus y sus acompañantes.

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El amable y complaciente Rulf, tras haber realizado su tarea matinal, se dispuso a relatarles con todo detalle en qué consistía el reciclaje:

-Pues en Wolfi ya llevamos años separando los residuos en contenedores, que son esas cajas, según vosotros raras, que habéis visto;  porque estamos convencidos de que sólo así conservaremos nuestro país limpio y  sin contaminación, y, con ello, nosotros estaremos más sanos y felices.

Los ninis escuchaban asombrados el relato del abuelo, que siguió explicando:

-El contendor verde sirve para depositar objetos de vidrio; así, fundiéndolos, fabricamos nuevos utensilios de dicho componente.

-El contenedor azul sirve para recuperar papel o cartón; en él tiramos todo cuanto esté hecho con dichos materiales.  El cartón debe ir  plegado, a fin de ahorrar espacio. Con todo ello, las fábricas harán la pasta de papel, necesaria para elaborar de nuevo todo cuanto esté hecho de dicho componente. De ese modo  no tenemos necesidad de cortar tantos árboles, que son el pulmón del mundo, puesto que, como debéis saber, nos aportan oxígeno para respirar.

-Por su parte, en el  contenedor amarillo deben ir las latas de conserva; los bricks; las botellas, botes, bolsas, bandejas y otros envases y envoltorios, siempre que sean de plástico, aluminio o corcho; también los cubiertos, platos y vasos desechables o el plástico de burbujas.

-El contenedor marrón se usa  para recoger la materia orgánica doméstica, es decir, todos aquellos desechos, relacionados, fundamentalmente con la comida. Restos que, una vez recogidos y convenientemente tratados, se convertirán en abono natural o compost.

-Y, finalmente, en el contenedor gris, lo que se puede tirar son: colillas, compresas, pañales, restos de barrer, algodón, bolígrafos y lápices usados, excrementos de animales, en definitiva, residuos domésticos no altamente contaminantes y que no hayan podido ser tirados en los contenedores anteriores.

– Pero después de reciclar todos estos objetos aún quedan otros, que tienen un mejor destino que el cubo de resto: se trata de aquellos que se gestionan en los puntos limpios de la ciudad, algunos de ellos altamente nocivos para el medio ambiente, como: pilas, baterías, electrodomésticos, fluorescentes, tóneres, envases peligrosos, radiografías, aceite usado, o pintura. Allí serán tratados convenientemente. Y, por último, se puede aprovechar el día de recogida de muebles y trastos viejos, que es diferente en cada pueblo o la ciudad.

Selfrus y su séquito estaban anonadados. ¡Cuánto trabajo! ¡Y qué bien se explicaba el abuelo Rulf!

Selfrus, tras escuchar atentamente la detallada explicación, dijo:

-Muchas gracias por su amable explicación, señor Rulf. Creo que ya hemos entendido dónde se halla la causa de nuestra rara enfermedad: en Nini, nuestro país, no hacemos nada de esto que nos acaba de relatar; todo está sucio, y el aire y el agua están contaminados. Vamos a enseñar urgentemente todo cuanto hemos aprendido a nuestros dirigentes, y estoy seguro que en el reciclaje estará nuestra solución.

Selfrus y  sus amigos invitaron a comer al señor Rulf: esa era la mejor  manera que se les ocurrió de agradecerle todo cuanto les había estado explicando. Se hicieron amigos e invitaron al abuelo a visitar Nini;  eso sí, cuando estuviera limpio y sus habitantes curados.

Tras la comida se despidieron. Había llegado la hora de emprender el viaje de regreso y poner en práctica el buen hacer de los habitantes de Wolfi.

FIN

“Esto sólo es una historia inventada, pero un día podría ser verdad: en Nini, Wolfi, o en cualquier pueblo o ciudad. No dejemos que enferme el mundo: sólo tenemos uno… ¡Y lo debemos cuidar!

P.D. Dedicado a todos mis alumnos: a los actuales, a los de tantos años de docencia, y  a los que tendré en adelante. Espero de corazón haber aportado mi granito de arena para hacer de nuestro mundo un lugar donde poder seguir viviendo.

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